En seguida, llamé de vuelta al mecánico y vacilamos más, a pesar de las circunstancias. “Va a tener que venir hasta aquí para ganarse el brete”, le dije.
Mi mecánico, a pesar de estar en Pérez, no dudó en ayudarme. Empezó a llamar a cada conocido que estuviera cerca para revisar mi carro, pero nada.
Yo creía saber qué era lo que le pasaba a mi carro, pero no tenía ni un desatornillador.
Pasó un buen rato, hasta que pasó un carro pequeño y me preguntó qué había pasado. Yo, desconfiado, le expliqué todo.
“Yo soy mecánico”, me dice.
La verdad es que me cuestioné demasiado sobre las intenciones de este hombre, pero algo en mí me dijo que podía confiar en él. Me presenté y él se presentó.
“Soy Adrián”, me dijo.
Revisó el carro y supo lo que pasaba: “El alternador, trabado”. Comenzó a llamar a todos los sitios para conseguir un repuesto. En La Guacamaya, un ojo de la cara; en otra venta de repuestos, los dos ojos de la cara. Pero finalmente conseguimos un buen lugar. “Ocupo la plata completa, porque no tengo nada”, me dice.
Yo ya había decidido que iba a confiar en él, pero igual pensé que sería bueno si me dejara algo aquí. Y pareció como si me leyera la mente: sonrió y dijo:
“Listo, dejo mis herramientas y a mi sobrino empeñados”, y se fue.
Continuará…
Tiphanie Zúñiga Rivera