En la espera, el sobrino de Adrián y yo empezamos a hablar y hablar de la vida. Me dice: “Mi tío es de Ochomogo.”
“Yo tengo familia ahí, los Fallas” —le dije—.
“Seguro mi tío los conoce” —dijo él—.
Y así era. Al rato llegó Adrián con lo que se necesitaba, y el sobrino le comentó nuestra conversación sobre los Fallas, mi familia.
“Ayyy, sí, claro, yo comparto con ellos, soy muy amigo de esa familia.”
Siempre me sorprende lo pequeño que es el mundo, y en ese momento agradecí de corazón que hayan sido Adrián y su sobrino los que se detuvieron a ayudarme.
Le pregunté a Adrián por qué estaba ahí hoy, en Cartago. Me dijo que el día en su taller estaba muy malo, nadie llegaba, así que subió las herramientas al carro y decidió dar una vuelta, y en eso, se topó conmigo. En ese instante, ninguno tuvo que decir nada, pero ambos sabíamos que estábamos ahí por obra y gracia de Dios.
Adrián hizo los arreglos; todo había quedado perfecto. Saqué mi billetera y, con todo el amor, le pagué su trabajo. Le agradecí por su amabilidad y le dije que, sin duda, lo recomendaría.
Por fin me monté al carro a continuar mi viaje. Después de dos horas y media, llegué a mi casa. Estaba mi esposa emocionada en la puerta y me pregunta:
—¿Cómo le fue?
Bien, por fin en casa.
Tiphanie Zúñiga Rivera