Lo más difícil de tomar la decisión de regresar a mi país a cumplir esa idea de emprender con el café, que rondó por mi cabeza tantos años, fue tener que despedirme de mis hijas y de mi esposa.
Antes de irme debía poner en orden ciertos temas y ajustar más dinero, por lo que decidimos que mi esposa y mis hijas se irían antes, y yo me quedaría unos meses más.
Cuando llegó el día, todo se volvió gris y frío. Llegamos al aeropuerto y era el momento de despedirse. Todo fue llanto. Abrazaba a mis hijas, no podía soltarlas, no quería. Recuerdo que ellas me rogaban que también me fuera. Se me partía el corazón, pero, con todo el dolor del mundo, tuve que dejarlas ir.
Luego volví a casa, que ya no se sentía como eso. Solo había cajas en cada esquina, y ya no estaban esas voces y esas risas que llenaban todo de color y felicidad; ya no estaba eso que convertía mi casa en hogar. Me ahogué en soledad y tristeza, y solo podía pensar en cuánto las quería de vuelta.
Tiphanie Zúñiga Rivera