La tierra que trabajo es un legado familiar, una tierra que antes fue de mi padre, y antes de eso, del padre de mi padre, pero siempre ha sido más que eso. Los árboles, las rocas y el agua de esta tierra guardan memorias; atesoran el recuerdo del sudor de hombres y mujeres que se han puesto un canasto en la cintura o que han llevado un saco al hombro. Atesoran el esfuerzo con el que trabajaron para poder tener un plato de comida en la mesa. Y ese es el verdadero legado: más que pasar un poco de hectáreas a los hijos de los hijos, es pasar, de generación en generación, el amor al esfuerzo y la dedicación.
Tiphanie Zúñiga Rivera