Hace unos días se celebró el Día del Padre. Es una alegría pasar ese día tan especial con mis hijas, que siempre me llenan de besos, abrazos y cartas llenas de amor. Pero yo, como muchos, ya no tengo a mi papá conmigo. Tengo muchos bellos recuerdos con él de cuando era niño, pero con el tiempo las cosas cambiaron. Mi adolescencia y mi adultez llegaron con grandes diferencias entre los dos, y el resentimiento empezó a acumularse con los años. Mi papá enfermó un día. Camino a una de esas citas a la clínica paliativa en el San Juan de Dios, para tratar su ELA, subiendo el Cerro de la Muerte, paramos en el ojo de agua, junto a los chespis —como decía él—. Apagué el carro y, de pronto, sentí unas incontrolables ganas de sacar todo lo que había cargado por muchos años. Mi corazón se quería salir de mi pecho y llegó a mí una sensación indescriptible. Solo dije: “Abuelo decía: ‘Al toro por los cuernos y al hombre por la palabra’. De hoy en adelante, no voy a sembrar una flor más de resentimiento ni amargura, y quiero estar bien”.
Mi papá no dijo nada, pero no tuvo que hacerlo, porque inmediatamente, en el aire, se sintió el perdón de ambos. Después de ese día, volvimos a ser padre e hijo. A los meses, mi papá falleció, pero se fue con su corazón en paz, y yo lo dejé ir con mi corazón en paz.
Tiphanie Zúñiga Rivera