Pequeñito de estatura, pero inmenso de corazón, así era Lupo Zúñiga, mi abuelo. Era un hombre un tanto serio de cara, y ese borbón de madera de cristóbal le daba un mayor aire de dominancia. Este señor nunca dudó en dar un plato de comida a cualquiera que lo necesitara. Crió a hijos de sangre, pero también a otros que no lo eran. Siempre admiré de él su fuerza y valentía. Pasaban los años, y parecía que su energía nunca se desvanecía. Recuerdo sentir sus manos encallecidas de tanto trabajo, trabajo que siempre recibía con una sonrisa.
Tiphanie Zúñiga Rivera