Se cumple un año más de que mi padre dejó este plano terrenal para convertirse en una estrella en el cielo nocturno. Siempre me parecerá irreal que ya no se encuentre sentado en el corredor, en esa silla tan peculiar, como de tobogán, que tanto le gustaba, o que ya no retumbe el sonido de sus guarachas en el pasillo de la casa. Ahora soy yo el que toma su lugar en la mesa para ocultar su ausencia. Recuerdo ese día como si fuera ayer: el frío de la noche, el bipeo de las máquinas y esa sofocante tristeza, pero que, con el paso del tiempo, se convirtió en alegría al saber que se encuentra en un mejor lugar.
Tiphanie Zúñiga Rivera