Alejarse de los sonidos de lo construido por el hombre crea en nuestras almas una calma que nos alienta a resistir. Aislarse un momento para contemplar lo que estuvo antes, incluso de nuestra existencia, es simplemente un espectáculo divino. Cerrar un momento los ojos y, poco a poco, percibir el sonido de las hojas rozándose entre sí por la fresca brisa que pasa entre ellas. Oír, de pronto, las chicharras que esperaron tantos años bajo tierra para deslumbrarnos con su zumbante sonido. Ser capaces, incluso, de oler los colores de las abundantes flores que decoran, con una gran alegría, el paisaje. Volverse uno con la naturaleza es sinónimo de regocijo y paz.
Tiphanie Zúñiga Rivera