Desde que somos muy pequeños, se nos enseña la importancia de pedir perdón. Nos muestran una lista de errores que, si uno comete, hay que disculparse. Pero no nos dijeron que, al crecer, iba a ser diferente. La lista creció y se hizo más compleja. Ahora es mucho más fácil cometer errores y lastimar a alguien con nuestras palabras o acciones, pero más difícil dejar el orgullo a un lado. Pedir perdón, a veces, hace que queme por dentro. Al ser humano le duele aceptar que se equivocó. Pero debemos hacerlo: el perdón es clave para nuestra paz mental. Vivir en armonía con los demás, sin duda, nos hace más felices.
Sin embargo, hay algo que debemos tomar en cuenta: no podemos vivir esperando el perdón de todos los que nos lastimaron, y, por más desafiante que sea, igual debemos intentar perdonarlos para procurar nuestro bienestar. Pero no seamos como ellos, y pidamos perdón.
Tiphanie Zúñiga Rivera